
La experiencia vivida con La Trapecionista no podría entenderse sin la relación de su actividad con el entorno
Poco o nada sabíamos del entorno de Navarra antes de llegar al Valle de Araitz, nuestra casa durante el mes de agosto. Más concretamente, Lekunberri, que ha sido nuestro campamento base durante la convivencia con La Trapecionista. Si algo ha marcado nuestro verano ha sido el descubrimiento de un paisaje fantástico. La inmersión territorial ha sido un factor clave del proyecto, permitiéndonos ampliar nuestros horizontes y tratar de plasmar en nuestro trabajo una experiencia tan atravesada por el territorio.
A menos de cuarenta minutos de San Sebastián, la inmersión en una zona en la que el idioma principal es el euskera ha sido una grata experiencia. Una lengua embelesante, tanto que, al final de nuestra estancia, entendemos más de lo que hacíamos al llegar. Hemos tratado de empaparnos de la cultura local, evitando caer en prácticas extractivistas o en trampas para turistas cuando hemos acudido a las principales capitales de la zona.

Los proyectos de Izar Hautsa y Zuhamu beben principalmente de su relación con los maravillosos entornos en los que se realizan. Las primeras semanas fue el Valle de Araitz, en su frontera con el Parque Natural de Aralar. Un enclave sobrecogedor, en el que uno se siente diminuto a la par que protegido al amparo del Balerdi.
Castejón de Sos fue todo un desafío de cara a acceder con el coche. Las sinuosas carreteras del Pirineo Aragonés plantearon un reto al que había que hacer frente mientras el camino que se extendía ante nosotros era simplemente magnífico. Las aguas turquesas del río Ésera combinaban con las formaciones rocosas grisáceas que caracterizan el enclave.
¿Cómo atraviesta el territorio un proyecto cultural?
La propuesta cultural de La Trapecionista es, si cabe, mejor aún cuando se ve atravesada por la magia de los entornos donde se realiza. Recordar la experiencia durante la observación, con la banda sonora en directo de El Hobbit (Howard Shore) o la tarde de montaje en Castejón, eriza la piel. Desde luego, si por algo estamos agradecidos a Maitane y su equipo, es por permitirnos vivir durante un mes en uno de los sitios más mágicos, sin duda, de la península.






