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Valentía en las alturas

Valentía en las alturas

El equipo de estudiantes y los colaboradores del proyecto se aventuran a construir el sistema de andamios que les permitirá dar vida a sus pinturas.

Superado el vértigo inicial de los andamios, el equipo construye los bastidores con satisfacción.

Ya recibidas las piezas y armaduras de los cuatro andamios principales sobre los que diferentes integrantes del equipo harán su intervención, dedicamos unas intensas jornadas de trabajo a preparar el terreno. En primer lugar, ayudamos a instalar la primera pieza del puzle: lor arcos de hierro ideados por Enrique Esteban y Ulder Sotomayor, estructuras que nos permitirán fijar los andamios a la gran muralla del torreón sin dañarla mediante agujeros o muescas. Ya descargadas las barras, tablas y arneses de trabajo del camión proporcionado por Andamios Burgos, distribuimos las piezas en montones para separar los diferentes «bastidores». Destacamos el papel fundamental de Enrique en la coordinación del montaje, pues supo aprovechar al máximo todos los conocimientos técnicos de Ulder, así como la ayuda práctica de los y las estudiantes que colaboraron en los distuntos trabajos en altura.

Tras una primera toma de contacto con el trabajo de construcción de los andamios en las primeras estructuras edificadas, fuimos adecuándonos a la sensación de altura, así como poniendo en marcha los distintos protocolos de seguridad imprescindibles para llevar a cabo la labor. Las tareas más duras y complejas se realizaron por los dos integrantes más experimentados, mientras que aquellos que sentían más respeto hacia el vértigo y la escalada por las barras colaboraron para alzar las piezas, distribuir atornilladoras y herramientas, o, todavía más fundamental, alertar de cualquier imprevisto o signo de alerta desde tierra. 

La primera jornada de montajes resultó en la elevación del primer gran andamio, de seis metros de altura y tres de ancho. A esto le siguieron dos días a cual más sustancial, donde el segundo, tercer y cuarto andamio pudieron erguirse casi al completo. Ya con las estructuras base ancladas a suelo rachel, da comienzo la colocación de la segunda pieza de este enrevesado puzle: los listones, tacos y anclas de madera que abrazan el metal imperforable de los futuros lienzos de Huellas.

La premisa de esta tarea es muy sencilla, pues para transformar las áreas rectangulares de los andamios en bastidores útiles, era necesario generar un área semirígida que, aun prudente, permitiera grapar y tensar las lonas textiles sobre la forma dada por el metal exterior. De nuevo, Ulder y Enrique, cabecillas técnicos del proyecto, proporcionaron una solución viable y práctica para conseguir dicho objetivo. Primero, comenzamos a instalar tacos de madera nivelantes sobre la cara frontal de los futuros bastidores, siempre encajados entre los rosetones de los metales para evitar su desprendimiento, y que luego permitió agregar un segundo listón de mayor extensión para poder grapar finalmente el tejido.

El trabajo transcurrió con una fluidez y compañerismo encomiable. Todos y cada uno de los integrantes resultaron ser imprescindibles en la cadena de trabajo. Asimismo, se puso en marcha la ideación del montaje de los textiles, pues por su gran envergadura era necesario pensar cómo se instalarían, bien siguiendo el ejemplo de técnica aprendido por los estudiantes de bellas artes, bien adecuándonos a los consejos de construcción e ingeniería de Enrique y Ulder, los especialistas. La decisión no fue unánime, pero logramos convencer a los integrantes que más desconfiaban de la idea para llevar a cabo nuestro plan inicial: tensar la tela tal y como nos habían mostrado en la facultad. Este proceso, ya de por sí metódico y complejo, se tornó todavía más enrevesado al tratarse de andamios de tanta altura. 

Acabamos subiendo y bajando de las distintas alturas de los andamios tantas veces que, de alguna forma, perdimos la cuenta de qué grapas estaban instaladas, cuántos metros nos separaban del suelo o incluso qué diagonal teniamos que seguir tensando. El proceso fue de lo más divertido. No faltaron risas ni reproches cariñosos por parte de los entendidos en construcción. El resultado fue un éxito y, aun cansados, pudimos sacar adelante una tarea colectiva que superaba con creces nuestras experiencias anteriores. 

La labor no vino sin complicaciones, pero afrontamos las circunstancias y tomamos las decisiones más eficientes a fin de continuar con los proyectos de la manera más auténtica posible. Dos de los andamios, exactamente ubicados en plano, habían sido montados, sin querer, al revés. Medio metro de altura añadida en el cuarto, y sin embargo también restada en el tercero. El diagnóstico estaba claro: el cansancio nos hizo no apreciar ese pequeño error. Manos a la obra, y ya con estas últimas dos láminas textiles a medio tensar, afrontamos el error y tomamos la decisión de seguir adelante con ello aunque faltara material textil o, en el segundo caso, sobrara mucho más de lo esperado. 

La clave de todo proyecto es la adaptabilidad, y en estas jornadas de aprendizaje, toma de decisiones y construcción, esta habilidad tuvo su máximo protagonismo. Cristina Izquierdo coordinó todos los planos arquitectónicos, pedidos de andamiaje, accesorios de seguridad y vallas urbanas; Enrique Esteban aportó hasta la última gota de sudor para ayudarnos con los esfuerzos más duros; Ulder Sotomayor puso todo su empeño en asegurar el bienestar de todos y, como siempre, aportar sus extraordinarias habilidades de montaje a fin de que todos aprendiéramos esta nueva formación práctica. Los y las estudiantes nos sentimos todavía más arropadas por la actitud siempre alegre y enérgica de María Cuadrado y Rocío Camarero, quienes nos sorprendieron con su valentía en las alturas, sus sonrisas a pesar de los problemas surgidos y su apoyo moral constante. La experiencia fue ineludible, divertida y tremendamente beneficiosa para todos los integrantes, incluso para los más preparados.

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