
La generosidad de todo un pueblo, compartir lo propio con el resto.
El Paseo de Aromáticas fue creciendo poco a poco, casi sin darnos cuenta, entre las primeras tareas del festival y las horas dedicadas a Huellas. Antes de pensar en una propuesta propia, aprendimos a conocer el terreno: sus desniveles, sus zonas de sombra y de sol directo, el sonido constante del río. Ese conocimiento, adquirido casi sin buscarlo, acabaría siendo determinante cuando llegó el momento de dar forma a la instalación.
Grabar las voces de cuatro mujeres del pueblo fue, quizá, el punto de partida real del proyecto. Hablaban desde su experiencia y su memoria, sin guion cerrado, sobre las plantas que habían conocido toda la vida. Esas sesiones, sencillas y casi domésticas, terminaron siendo la columna vertebral de toda la experiencia.

La instalación, pensada en un principio en torno a las plantas aromáticas, terminó ampliándose gracias al propio lugar y a quienes lo habitan.
Mientras tanto, seguíamos recopilando telas, buscando una pieza musical que respirara al mismo ritmo que las plantas y el agua, y fue así como apareció El cisne de Saint-Saëns, interpretado después con ciertas libertades que iban surgiendo de forma distinta según el público, la luz o el propio sonido del río en cada sesión.

La ayuda llegó de muchas formas y de mucha gente. Los niños del pueblo se aficionaron desde el primer día a los tintes naturales, metiendo las manos en cubos de color sin ningún reparo; Miguel Ángel puso su huerta a disposición del proyecto, trayendo cúrcuma, ortigas, remolacha o pieles de cebolla. Pepa cuidó los arreglos florales con un mimo que terminó de dar magia a todo el espacio. Sergio y Aníbal ayudaron a levantar la estructura de madera de la entrada. Rosa, y alguna mujer que se acercó a colaborar sin que nadie se lo pidiera, construyeron un banco para que el público pudiera sentarse con calma. Julia, flautista del pueblo, sumó su instrumento al del río durante un par de días.
Ver crecer el Descanso de Aromáticas a través de esas manos ajenas ayudó a entender algo que difícilmente se aprende fuera de una experiencia así: que una instalación, por pequeña o íntima que parezca, nunca es obra de una sola persona. Detrás de cada tela teñida, de cada planta cortada, de cada banco construido, hay una red de gestos cotidianos que rara vez se cuentan, pero que sostienen todo lo demás. El Descanso de Aromáticas fue, en ese sentido, un reflejo a pequeña escala de lo que ocurría en todo el festival: un pueblo entero puesto al servicio de la creación, entendiendo que cada disciplina, cada tarea y cada persona formaba parte de una misma cosa.







