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Dejar Huellas en la memoria de un pueblo

Dejar Huellas en la memoria de un pueblo

El trabajo de cinco artistas durante las semanas previas al festival deja huella en el pueblo: así lo cuentan ellas.

Un homenaje a ellas: las que sustentan el pueblo, las que lo cuidan, las abuelas, madres e hijas de familia. Un homenaje a las mujeres que han hecho esto posible.

Si, a priori, se nos presenta Huellas como un recorrido inmersivo de murales e instalaciones artístico-esculturales, podría olvidarse la verdadera razón que llevó al equipo creador a dar vida a cuatro pinturas tan partciculares. Huellas es mucho más que un tributo a mujeres locales; más humano que cuatro retratos cualesquiera; más, incluso, que un proyecto comunitario junto a un pueblo. Huellas es la reunión y amistad forjada entre las estudiantes y vecinas de Covarrubias. Huellas es el vínculo con los elementos del territorio del Arlanza, antes desconocidos, ahora familiares para las artistas. Huellas es la esencia de las centenas de conversaciones espontáneas en las plazas, en los espacios de trabajo y en las casas de aquellos que nos acogieron. Huellas es la máxima esencia de su hospitalidad y nuestra dedicación a homenajearlo.

Tras incansables semanas de trabajo preparatorio desde las distintas ciudades de residencia de las creadoras, da comienzo la estancia in situ en Covarrubias, donde todas nos enfrentamos a esas imágenes antes conocidas, casi en exclusiva, a través de una pantalla. Desde reconocer los rostros de ellas en nuestro primer paseo nocturno por las calles de una localidad en plena celebración de la festividad de San Roque, hasta comenzar a construir los vínculos familiares y de amistad que unen a la comunidad. Huellas nace con el préstamo altruista de máquinas de coser, planchas, alfileres y hasta el cursillo rápido de costura de Rosa. Le suceden más sonrisas generosas, ayudas prestadas para labores cuyo objetivo desconocen, y, todavía más, el secretismo cómplice entre las artistas que aún no pueden desvelar los rostros de las homenajeadas.

Huellas ha sido a su vez escenario de incontable aprendizaje técnico: desde la construcción de andamios a medida de los futuros bastidores, hasta el manejo de herramientas especializadas, acciones en altura, costura industrial o impermeabilización de superficies de una envergadura apabullante. Durante las semanas de trabajo preparatorio en la zona de andamios, nos enfrentamos a adversidades meteorológicas, errores de montaje y el propio cansancio acumulado. Con todo, el equipo de creadoras salió victorioso y, en poco más de una semana, aparecieron en el Paseo de la Luna cuatro gigantescos bastidores de tela cruda.

Mientras repasábamos líneas de contorno y aplicábamos las primeras manchas de color, despertó en nosotras la valentía e importancia de lo que llevábamos a cabo. No solo debíamos honrar la presencia de ellas en las vidas de todo un pueblo, sino que dicha representación tenía que ser fielmente realista, emotiva, personal, de un tinte casi familiar para el entorno de las retratadas. El reto era imponente, pero nuestra devoción al proyecto superaba toda severidad. Se sucedieron así jornadas de contante trabajo en los andamios, horas de mezcla de pigmentos, preparación de lápices, rotuladores y carboncillos.

Asimismo, organizamos innumerables acciones colaborativas vespertinas con la comunidad de vecinos. Afín a los elementos y animales representados junto a cada una de las mujeres, elaboramos escenarios traseros, y fueron precisamente estas obras instalativas las que nacieron de las manos de niños, adolescentes, madres y padres, abuelos, abuelas e incluso visitantes de tierras lejanas. El resultado: un precioso rincón de cocina, un gallinero de cuento a escala real, decenas de retratos personalizados con transferencias sobre soportes familiares, un tributo sensorial al agua del Arlanza y una enorme cascada de color formada con retales de todos los hogares de Covarrubias.

El primero de los murales, a cargo de María Cuadrado, resultó en una maravillosa obra dedicada a Elena y la sabiduría culinaria autóctona. La escena se llenó de recetas manuscritas por los propios vecinos de Covarrubias en tablillas colgantes de madera y tela, hierbas aromáticas, cazuelas y utensilios tradicionales, elementos familiares históricos y mucha, mucha leña. Frente a ella, Rocío Camarero presentaba su homenaje a una deslumbrante Isa, así como su devoción al cuidado de sus gallinas y entorno familiar. En el revés de su obra se erigió un gallinero a escala real, donde la comunidad pudo apuntar las sensaciones que evocaba su infancia, así como disfrutar del milimétrico cuidado que las mujeres del pueblo habían tenido a la hora de montar aquel escenario de cuento: pequeñas escaleras de madera para figurines de gallinas, heno y paja, nidos con una puesta fresca, casetas con gallinas dormidas y hasta una encantadora valla de madera tradicional con la que delimitar el espacio. 

Precisamente en el espacio intermedio entre la instalación propuesta por Rocío y la siguiente obra mural, encontramos el altar conmmemorativo que Paula López llevó a cabo para agradecer a las principales figuras fememinas de Covarrubias que habían colaborado durante la preparación del festival. Una serie de más de treinta retratos a línea elaborados por María Herreros de la Fuente, posteriormente transferidos a elementos autóctonos como muebles familiares, ventanucos de madera, piedras del Arlanza, asientos y tejas de barro. Mediante la técnica del transfer, por la cual se retira la celulosa del papel que contiene la imagen mediante un suave frotado del dedo, se revelaron a lo largo de la semana de acciones colaborativas todos los retratos. El taller resultó en un constante mar de exclamaciones y sonrisas al ver, niños y mayores, cómo aparecían bajo sus dedos los rostros de familiares, conocidos, o incluso los propios. 

El recorrido continuaba con la propuesta fluvial de María Herreros de la Fuente, vinculada al cariño que su retratada, Merche, tiene al Arlanza. Un sinfín de piedras de río de todos los tamaños transportadas por el pueblo en manos de niños, adultos y mayores, cañas, ramas de sauce llorón y una alfombra con motivos acuáticos que goteaba agua del mismo río que honraba. Estas mismas piedras se repetían en el mural realizado por la artista, esta vez en forma de un texto particular a la creadora, que bebe de su producción artística habitual. Frente a ella, encontramos la gigantesca cascada de retales propuesta por Laia Skovsted como homenaje a Pili y su estrecho lazo emocional con las aves de su jardín. Retales de toda clase, textura y color se superponían para dar forma a una superficie que emulaba un denso plumaje de ave. Asimismo, la pintura frontal de la artista mostraba el rostro soñador de la retratada junto a un compendio de cartas manuscritas sobre textil, siluetas de gorriones, golondrinas y vencejos, así como una pequeña ventana al mismo cielo que cubría la propia instalación.

Un día antes de la presentación formal de Huellas ante las autoridades políticas, el Paseo de la Luna fue escenario de un pase especial dedicado a ellas. Acompañadas de sus familiares y círculos más queridos, todas las creadoras pudimos compartir un emocionante recorrido por las láminas, instalaciones y acciones colectivas que habíamos compartido junto a ellas durante las últimas semanas. Surgieron lágrimas, fuertes abrazos entre las retratadas y las artistas, risas, agradecimientos sinceros y, sobre todo, una unión todavía más fuerte entre todas las presentes. Nos cuesta imaginar un instante más bello que el mirarlas a los ojos, ambas entre lágrimas, y asentir en agradecimiento mutuo por la hospitalidad, las historias compartidas, el cariño y la satisfacción de haber conseguido guardar un recuerdo precioso en los corazones de toda una comunidad.

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