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Un festival para recordar: música, performance, pintura, teatro y muchas, muchas sonrisas.

Un festival para recordar: música, performance, pintura, teatro y muchas, muchas sonrisas.

Artistas de todo el mundo, instalaciones efímeras que ocupan cada rincón de Covarrubias y la perpetua dedicación del mejor de los colectivos: vecinos, colaboradores, profesionales, estudiantes y seguidores de todo el país.

La escala del festival es evidente. Murales, escenarios y compañías de más de cinco países.

A medida que se acercaba la inauguración, la escala del festival se hizo evidente. Los murales y los escenarios ya habían transformado parte del pueblo, pero fue la llegada de los camiones, los caballos, las compañías de circo, los músicos y los artistas procedentes de distintos países lo que convirtió Covarrubias, durante unos días, en una auténtica ciudad de festival. Convivíandiferentes idiomas, necesidades técnicas muy diversas y espectáculos que debían encajar dentro de una programación en la que cada horario estaba calculado al detalle.

Resultó especialmente interesante conocer a los artistas antes de verlos sobre el escenario. En las reuniones previas se hablaba sobre cómo montar cada espacio, qué tarea asumiría cada persona y cuál sería el ritmo de trabajo. Después comenzaba el montaje y todos participaban
de una manera muy cercana. Algunas de las personas con las que estábamos cargando o preparando una estructura, eran quienes más tarde protagonizarían los espectáculos. Esta cercanía reducía considerablemente la distancia que normalmente existe entre quien observa una función desde el público y quien la realiza.

La Bodega fue otro lugar clave para esa convivencia. Donde la presencia de Pepa, como la de otras mujeres del pueblo, recordaba que el festival se sostenía tanto sobre los escenarios como sobre esos gestos cotidianos que rara vez se cuentan. A medida que llegaban los distintos equipos, las comidas se convertían en una oportunidad para empezar a reconocernos. Los integrantes de las compañías entraban a recoger sus platos, se formaban filas, se ocupaban los distintos comedores y, poco a poco, iban apareciendo caras nuevas. Todavía no conocíamos bien qué espectáculo correspondía a cada persona, pero las conversaciones, la
música y el ambiente hacían que esa separación importara cada vez menos.

Durante los dos primeros días, el festival recibió además la visita de la televisión y de una comitiva de políticos, interesados en conocer de cerca lo que se estaba gestando en Covarrubias. El recorrido permitió mostrar, casi de un solo golpe, la amplitud de lo que allí convivía: comenzaba por las exposiciones de obras de arte repartidas por el pueblo, continuaba con las actuaciones de teatro de calle protagonizadas por las señoras del pueblo, y seguía después por los espectáculos ecuestres y las piezas de danza. Pasaba también por Huellas, la instalación en torno a la cual giraba todo el festival, y por los lienzos gigantes en los que había participado el propio pueblo durante las jornadas participativas organizadas en los días previos a la inauguración. El recorrido se detenía igualmente en el Paseo de Aromáticas, como un momento de pausa dentro de la programación, y continuaba hacia el circo, cuyo montaje y posterior actuación emocionaron a todo el equipo, para terminar finalmente en el Piélago,
donde acrobacias y canto compartían un mismo espacio. Ver todo ese recorrido a través de los ojos de quienes llegaban por primera vez ayudó a dimensionar, también para quienes llevaban semanas trabajando allí, la magnitud real de lo que se había construido.

Participar en el festival permitió comprender una dimensión de la creación artística difícil de experimentar únicamente dentro de una facultad. Un acontecimiento de estas características requiere producción, coordinación, liderazgo, capacidad de adaptación y una enorme cantidad de trabajo que el público raramente llega a ver. En este caso, además, muchas de esas responsabilidades estaban dirigidas y gestionadas por mujeres capaces de reunir, en un pueblo pequeño, compañías y creadoras procedentes de lugares muy distintos, trabajando desde disciplinas como el circo, la música, la pintura, la danza o los espectáculos ecuestres.

Quizá una de las cosas más importantes fue comprobar cómo cada artista debía integrarse en un lugar nuevo. No se trataba de llegar cada mañana al mismo espacio de trabajo, con las mismas herramientas y las mismas condiciones: cada espectáculo tenía que adaptarse a Covarrubias, reconocer sus espacios y encontrar la manera de funcionar dentro de ellos sin perder aquello que lo hacía propio.

Durante aquellos días se construyeron lienzos gigantes, se pintó, se levantaron estructuras, se colocaron telas, se transformaron bicicletas en animales… Pero alrededor de esas tareas se fue construyendo también algo mucho más difícil de medir: relaciones entre personas que acababan de conocerse, intercambios entre artistas y vecinos, y una forma de entender la producción cultural como un trabajo necesariamente colectivo.

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