Skip to content Skip to footer

La tierra entre generaciones, una mirada hacia el futuro

La tierra entre generaciones, una mirada hacia el futuro

Una mirada a la agricultura de Valtorres a través de dos generaciones.

El agua se abre paso entre los campos de la vega del Jalón, recorre las acequias y alimenta unas tierras que desde hace generaciones encuentran su forma de dar fruto. A un lado se extienden pequeñas parcelas donde los cultivos se mezclan. El paisaje parece tranquilo, pero detrás de cada árbol existe un cuidado y un trabajo de observación constante.

En una de estas parcelas, frente al puente por el que pasa el tren, conocimos a José, un hombre de 84 años, que sigue dedicando parte de su vida a sus fincas. Allí crecen manzanos, cerezos y melocotoneros, junto a sandías, tomates y otros cultivos que cuida desde hace muchos años.

Toda esta plantación está destinada al consumo propio y, sobre todo, a compartir sus frutos con familiares, amigos y conocidos. José mantiene la finca por el simple placer de cultivar y mantenerse vinculado a una actividad que, más que una obligación, se ha convertido para él en una forma de entretenimiento y disfrute.

Se trata de un lugar donde se puede ver cómo el conocimiento de la fruticultura se construye a través de la experiencia. Entre sus árboles, cada tarea es marcada por años de aprendizaje y una forma de entender el trabajo de la tierra. Mientras recorríamos la parcela, podó algunos cerezos, con el objetivo de abrir espacio entre las ramas, favorecer el crecimiento del árbol y conseguir que, llegado el momento, pueda dar sus frutos.

La fruticultura, además de formar parte de la identidad de Valtorres, requiere un trabajo constante y exigente durante todo el año. Sobre todo, en verano, donde actualmente uno de los problemas que afectan a los cultivos son las plagas, entre ellas el fuego bacteriano y la mosca mediterránea. Esta última puede convertirse en una importante amenaza para sus frutos. Sin embargo, para plantaciones personales más pequeñas como las de José, este utiliza un sistema basado en recipientes con sulfato amónico, que coloca en diferentes puntos de la finca, frenando las consecuencias de esta plaga.

A esto se le suma el calor. Las altas temperaturas hacen que cada vez sea más difícil sacar adelante muchos de los cultivos, ya que las condiciones han cambiado considerablemente. Cada vez resulta más complicado obtener determinados frutos y, ante esta situación, José considera necesario nuevas variedades que sean capaces de resistir mejor a unas temperaturas que cada año aumentan.

En cuanto al riego, el agua sigue siendo un elemento fundamental. José riega su parcela aprovechando las acequias de la vega y utilizando el sistema de riego a manto, dejando así que el agua se extienda por el terreno y llegue a los cultivos. Una forma de riego tradicional que, como bien explicó Chusé, fue traída por los árabes y que hoy en día continúa formando parte de la vida agrícola de esta zona.

A sus 84 años, José se sigue ocupando de sus árboles, de sus frutos y de todo aquello que pueda afectar a la cosecha. Escucharle hablar de la poda, del riego, de las plagas o del calor fue también acercarnos a una forma de conocimiento construida a lo largo de toda una vida. En su finca, cada árbol parece contar una pequeña parte de esa experiencia y, al mismo tiempo, mostrar los nuevos retos a los que hoy se enfrenta quien sigue trabajando la tierra.

Y casi al lado, en una parcela vecina, encontramos otra forma de entender la agricultura. Nacho, con tan solo 22 años, trabaja una explotación de mayor tamaño y dedicada profesionalmente a la producción agrícola de ciruelos. Dos parcelas separadas por unos metros, pero que nos permitieron conocer dos generaciones y dos maneras diferentes de relacionarse con la tierra.

Nacho, que desde siempre ha tenido claro cuál era el camino que quería seguir, no duda en mostrar el orgullo que siente por su profesión. Es una persona que intenta encontrar el lado bueno de las situaciones, conoce bien su trabajo y los riesgos que implica, pero los afronta con una actitud positiva. Para él, una de las cosas más bonitas de la agricultura está precisamente en el proceso, en ver cómo se planta una finca, cómo se cuida y cómo, con el tiempo, va dando sus frutos: «Para mí es algo muy bonito, el hecho de ver cómo plantas la finca y cómo la cuidas».

Una profesión en la que no todo está escrito ni responde a una fórmula exacta. «Esto no es matemáticas, que es una de las cosas bonitas de la agricultura», explica. Y en ese aprendizaje constante también concede un valor especial a los conocimientos que se transmiten de generación en generación. Reconoce que la formación es importante, pero que hay saberes que solo se adquieren escuchando a quienes llevan desde siempre vinculados al campo: «Puedes formarte, pero lo que te transmiten los de arriba son cosas que tienen muy conocidas porque llevan aquí toda la vida». Para Nacho, aprender de las personas mayores que siguen trabajando sus huertos es también una forma de acercarse a un conocimiento que nace de la experiencia y del contacto directo con la tierra: «La gente mayor que tiene un huerto, esa gente se ha criado aquí y conoce mejor el campo que yo, que tengo 22 años».

Encontrar a un agricultor tan joven no es habitual y, en su caso, destacan especialmente las ganas y el empeño que pone en su trabajo. Durante estos días, varias de las personas con las que hemos hablado nos han transmitido su preocupación por la falta de relevo generacional en la agricultura. Con el paso de los años, cada vez son menos los jóvenes que deciden dedicarse al campo, a pesar de que se trata de una zona con una importante tradición agrícola. Aunque todavía parece difícil encontrar una solución clara a esta situación, conocer a personas como Nacho nos permite ver el futuro con esperanza. Su ilusión y sus ganas de seguir trabajando en el campo demuestran que todavía hay jóvenes dispuestos a continuar con esta profesión y a mantener viva una actividad tan importante para la zona.

Su manera de entender la agricultura combina precisamente esas dos dimensiones: el respeto por lo aprendido y las ganas de seguir descubriendo. Tiene curiosidad por encontrar nuevas formas de mejorar aquello que hace y no parece conformarse con quedarse en lo conocido. Esa inquietud y la dedicación que pone en su trabajo, le lleva a pensar en nuevos proyectos y en seguir creciendo dentro de una profesión que ha elegido desde muy joven. Quizá ahí esté una de las claves del relevo generacional: no se trata únicamente de que alguien joven ocupe el lugar de quien se jubila, sino de que sea capaz de recoger ese conocimiento, hacerlo suyo y encontrar su propia manera de seguir cultivando la tierra.

Texto escrito por Indira Jiménez, Adrián Casasola y Milagros Sevilla

Compartir:

Últimas entradas

Suscríbete