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Construir un festival desde dentro: Ulder

Construir un festival desde dentro: Ulder

Del lugar de trabajo que alimenta los procesos técnicos más cruciales del Festival a dar rienda suelta a la creatividad: así lo cuenta Ulder.

Montaje, creación y convivencia.

Cuando llegamos a Covarrubias, una de las primeras cosas que llamó nuestra atención fue la dimensión de todo aquello que todavía estaba por construir. Los enormes bastidores aún no estaban levantados y buena parte del festival existía en forma de bocetos, planos, materiales almacenados y estructuras que, poco a poco, tendrían que ocupar distintos espacios del pueblo. Ver las dimensiones que alcanzarían los andamios y los bastidores provocaba cierta incertidumbre, especialmente para quienes nunca habíamos participado en un montaje de aquellas proporciones. Sin embargo, Cristina y su equipo tenían muy claro cómo debía organizarse cada elemento y, conforme avanzaron los días, aquella confianza inicial terminó siendo prácticamente absoluta.

Antes de que las obras llegaran a las calles había una parte mucho menos visible: la logística. No se trataba únicamente de conseguir los materiales necesarios para construir los bastidores, sino también de coordinar almacenes de hierro, herramientas, espacios de trabajo y medios para transportar todo aquello de un punto a otro. A esta red se sumaban los propios vecinos de Covarrubias, que en distintas ocasiones prestaron materiales o herramientas con gran facilidad, haciendo que el pueblo también participara, aunque fuera indirectamente, en el proceso de montaje.

El CRV se convirtió en uno de nuestros principales espacios de trabajo. Su ubicación y amplitud permitían almacenar materiales y montar pequeños talleres provisionales según las necesidades de cada jornada. En otras ocasiones, era más práctico trasladar las herramientas hasta el lugar de montaje y trabajar allí mismo, aprovechando la cercanía entre los diferentes espacios para facilitar la organización. Bastaba una llamada para saber dónde se necesitaba material, qué herramientas hacían falta y cómo debía continuar el trabajo.

Entre los trabajos con hierro, uno de los más importantes fue la fabricación de cuatro grandes piezas en forma de U invertida destinadas al montaje de los andamios. Los planos indicaban las medidas necesarias y, a partir de ellos, se realizaron los cortes y las soldaduras hasta obtener las cuatro estructuras. Junto a ellas, se prepararon también las pletinas que formarían parte de la sujeción de los grandes bastidores.

El resultado de aquel trabajo pudo apreciarse algunos días después, cuando los equipos especializados comenzaron a levantar los cuatro andamios y aquellas piezas fueron colocadas en su ubicación definitiva. Las medidas coincidieron y todo encajó según lo previsto, haciendo visible el paso del dibujo sobre el papel a una estructura de hierro integrada en el conjunto del festival y poniendo en valor un trabajo que, una vez terminado el montaje, suele pasar desapercibido.

El trabajo de las cuadrillas de andamios fue también una oportunidad para observar otra escala de producción. Cada estructura había sido medida previamente y los equipos trabajaban con una coordinación precisa, utilizando sus sistemas de seguridad y organizando el montaje para compatibilizar diferentes labores. Mientras unos levantaban los andamios, otros preparábamos jambas, pletinas y bastidores. En algunos momentos podía parecer que varias tareas se desarrollaban simultáneamente, pero cada grupo conocía su cometido y el conjunto avanzaba con bastante naturalidad.

El equipo de Cristina combinaba esa organización profesional con una relación muy cercana. Existía margen y autonomía para organizar el trabajo, plantear preguntas, proponer soluciones y adaptarse a los problemas que iban apareciendo. Esta forma de trabajar permitía mantener el ritmo sin convertir cada jornada en una sucesión rígida de instrucciones. A ello se sumaba la colaboración de personas del propio pueblo, generando una red en la que organización, convivencia y producción terminaban entrelazándose.

En paralelo al trabajo de los andamios, relacionado con el proyecto Huellas, retomaba el desarrollo de la bicicleta-pájaro. Al terminar las tareas de montaje, volvía al triciclo y continuaba trabajando en su transformación. El principal reto no consistía únicamente en construir la figura de un ave, sino en conseguir que esta se adaptara a una estructura que ya tenía sus propias proporciones y posibilidades. Una primera versión permitió comprobar que no era suficiente con colocar un pájaro de buen tamaño sobre la bicicleta: había que estudiar su postura, la disposición de las alas y la relación entre el cuerpo del animal y el propio triciclo.

La bicicleta-oveja realizada por Miki terminó siendo una referencia muy cercana. La oveja parecía abrazar la bicicleta y adaptarse a ella; materiales como la lana y el cuero reforzaban todavía más esa integración. Observar ese trabajo nos hizo pensar que prácticamente cualquier transformación era posible si se conseguía que todos los elementos compartieran un mismo lenguaje. Miki también fue importante para que el pájaro avanzara: antes de seguir buscando nuevas soluciones, propuso terminar primero el trepador azul y trabajar a partir de algo que ya pudiera verse y tocarse. Aquella decisión permitió que surgieran después nuevas posibilidades.

Durante la construcción del pájaro, el Bestiario de Pepa (María José, encargada de las exposiciones del Bestiario), situado también en el CRV, se convirtió en un pequeño espacio de consulta. Mientras trabajábamos con el hierro, podíamos acercarnos de vez en cuando para observar las aves disecadas y estudiar de cerca algunas de sus proporciones. Pepa también aportaba sugerencias, de modo que aquellas consultas terminaron formando parte del propio proceso de creación.

A medida que se acercaba la inauguración, la escala del festival se hizo todavía más evidente. Los murales y los escenarios ya habían transformado parte del pueblo, pero la llegada de los camiones, los caballos, las compañías de circo, los músicos y los artistas procedentes de distintos países hizo que Covarrubias pareciera durante unos días una auténtica ciudad de festival. También resultaba interesante conocer a los artistas antes de verlos sobre el escenario. En las reuniones previas se hablaba sobre cómo montar cada espacio, qué tarea asumiría cada persona y cuál sería el ritmo de trabajo. Después comenzaba el montaje y todos participaban de una manera muy cercana. Algunas de las personas con las que estábamos cargando o preparando una estructura eran quienes más tarde protagonizarían los espectáculos. Esta cercanía reducía considerablemente la distancia que normalmente existe entre quien observa una función desde el público y quien la realiza.

Durante aquellas semanas construimos bastidores, movimos materiales, levantamos estructuras y dimos forma a una bicicleta que terminó convertida en pájaro. Pero, alrededor de esas tareas, se estaba construyendo también algo bastante más difícil de medir: relaciones entre personas que acababan de conocerse, intercambios entre artistas y vecinos y una forma de entender la producción cultural como un trabajo necesariamente colectivo.

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